Una Ford con pick up enchulado alto y en madera. Azul y cafecita, por tanto, se veía la camioneta de mi tío Miles. Toda una novedad en el Dichato de los setenta. Como cada año yo llegaba en el ramal que salía de Chillán pasadito el año nuevo y me quedaba hasta los primeros días de marzo.
Pelusear en la parte de atrás de esa camioneta era un panoramazo. A veces a escondidas porque mi tío es un cascarrabias y el vehículo, mal que mal, formaba parte de su ferretería y las labores anexas como el reparto de gas.
A veces había que ir en esa camioneta a Menque, un pueblito que está como a las espaldas de Pingueral. Lejos del mar. Tranquilo y fome a morir. Hasta el río que pasa por ahí parece que no tuviese corriente. Y era emocionante irse atrás, bien afirmado porque el camino era pésimo. Y polvoriento.
Hoy, como cada año, fui de vacaciones a mi Dichato amado y lo hice en la nueva Mazda BT-50. Mi compañía fue mi hijo Diego que ya tiene 17 y uno de sus yuntas, el Joaquín, de la misma edad. El team femenino estuvo compuesto por la Coté, mi princesita que ya tiene 13 años y su amigui inseparable, la Kari, de 12. Buen quinteto, mejor camioneta (¡no se enojen!). La modernidad ha puesto a esos rudos caminos de rodillas. Como si nada y en pocos minutos, nos movimos entre Dichato y Purema, distante como a 17 kilómetros, una belleza escondida junto al océano donde nunca hay más de 20 personas, aunque sea verano. Una playa casi virgen y llena de jaibas que mis acompañantes no saben dejar en paz.
Regresamos a la capital prometiendo volver el 2011. Pero el retorno fue más abrupto e inmediato. Y en camioneta, era que no. Me la ofreció General Motors, sabiendo que estaba preocupado y nada sabía de mis familiares en Dichato tras el terremoto. Y llegué en la 4×4 con motor diésel. La misma D Max con que alguna vez corrí el Raid de Atacama. Fiera, noble, repleta con muestras de solidaridad que mis compañeros de Publimetro pusieron espontáneamente en su pick up y la doble cabina. Apenas cabía yo y la Coneja, que juntó valor para acompañarme.
Dichato y las camionetas… No lo había pensado hasta que vino el sacudón y la ola que lo cambió todo en un par de horas. Quiero subirme mil veces más a una camioneta y creer que al final del camino estará el Dichato de los setenta, con sus caras, olores, historias y personajes. El Chinonga, el Cusimao, el Guanais, los Palma, los Fraga, los Flores, los Veas, los Santibáñez… Con taca tacas, pooles desnivelados y flippers mecánicos, sin pavimentos, sin cybers ni menos cajeros automáticos porque ya es hora de que entendamos que Dichato prefiere ser salvaje. Acaso y con reparos permitiendo algunas camionetas viejas que repartan gas y unos mocosos colgando desde ellas muertos de la risa y con la cara bien sucia.

