Clint Eastwood, el Challenger, la gente y yo

Challenger_9453Uuuuuuuhhhh… Fue la exclamación que registré y multiplicado por harto. Se los juro. Antes de hablarles del poder, técnica y empuje de este auto (la ficha técnica es bien elocuente para encima seguir yo dando la lata), tengo y necesito contarles que anduve casi toda la semana conduciendo una máquina que es un suceso. Impacta, sacude, si hasta diría yo que agrede.

Salir a manejarlo y exhibirse (los lectores antiguos de la revista Tacómetro entenderán que eso lo hago de maravillas) te hace sentir como en una película. A cada momento. En el habitáculo hay una buena butaca y apenas lo necesario para disfrutar lo que está debajo del capot: un motorazo V8 de 5.7 litros. El decorado es en tonos negros, con algunos matices de aplicaciones metálicas más próximas a lo plateado. Aire acondicionado común, buen sunroof, ajuste eléctrico de la butaca del piloto y sanseacabó. ¿Para qué quiero más? ¿Para que el americanote éste deje de ser lo que siempre ha sido? No, señores. Este auto nació macho y aunque asistamos a la versión 2010, el ADN de sus orígenes permanece intacto.

Me puso de mal humor escuchar o leer a colegas del área explicando que le falta esto, y que esto otro no está o que la guantera es chica o que el maletero no existe. Detenerse en lo superfluo es no conectarse con lo que este auto se echa en los hombros y que es un portentoso pedazo de la historia del automóvil norteamericano. Muscle car, le llaman a su hábitat que ha venido cohabitando con “tipos” duros como el Mustang y el Camaro. Pero ahí está el Challenger, con un respeto irrestricto a esa cosa medio bruta, varonil y pasada a la testorona que lo engendró.

Este no es un auto para delicados, amantes del lujo y las caricias fáciles. Este auto explota y empuja. Erupta, se toma una cerveza y se seca la espuma con la mano. Los que necesiten servilleta que busquen un deportivo europeo o uno japonés, qué sé yo… Los que quieran sentir lo que debe haber sentido algún vaquero como Clint Eastwood sentado en este coche, entonces bienvenidos al Challenger R/T. Me imagino a un dueño genuino de este grandote de dos puertas llegando tarde a la casa, con olor a juerga. Su chica sale a recibirlo y le zampa dos cachetadas. ¿Qué hace el machote que se bajó hace poco de su Challenger? La toma fuerte pero apasionadamente por la cintura y en vez de devolverle las bofetadas le planta un beso con todos los pantalones y el alma que un hombre bien nacido sabe hacer.

¿Corre? Tiene 372 caballos de fuerza, no me hagan decir obviedades. ¿La suspensión? Acogedora. Quizás si esto sea su única ternura en medio de su salvaje virilidad.

¿A quién se lo recomiendo?

Convertirá en un hombre dichoso a aquel que tenga conocimiento y valoración por la historia que envuelve al coche musculoso netamente americano. Saben, no veo a hombres casados y guaguateros con su prole arriba de este auto. Si los mocosos van atrás se sentirán en un calabozo (qué ventanas traseras más chicas por Dios).

Gente como Billy The Kid, Pat Garret, Jesse James, Shane el Desconocido o Sundance Kid habrían cambiado su fiel corcel por este bravo Challenger.

¿Se me pasa la mano? No, pues. Porque mientras escribo pienso en esa mujer elegante que me vio estacionando en el Santa Isabel de Avenida Las Condes y le leí el “uuuuuuhhhhh…” con que quise comenzar esta historia. También en los colectiveros del paredero que Quilín con Vespucio que se agolparon mirando el Challenger como los niños que hace mucho ya no son pero que -y se ve- conservan intacto en sus almas honestas. En los que aplaudieron o sacaron la foto rápida, en el suplementero que me ofreció cambiar su bici por este V8 (no pude, para la otra…), en los cientos que les dio cero pudor mirar para el lado en el semáforo cuando el destino y su fugaz capricho me puso justo a tiro de enfoque. Y pienso también en esa rubia que invité a dar una vuelta, sólo para emular a Sandro (ya que hablamos de machotes) y decirle: “Ajustate el cinturón, nena, que vamos a a volar”.

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