El Wrangler y las virutas de don Juan

FOTO PARA AVISOEsta historia habla de la inmensa pena de un hijo por la partida de su madre. Y hablo de un hombre grande, ya. Mejor dicho, un niño de unos 28 años. Me la contaron y me conmovió, me hizo pensar en el rol impensado que puede jugar un bello auto como antídoto del quebranto por la partida sin regreso de alguien tan amado como quien te guardó durante meses debajo de su piel, siempre calientito y bien cuidado.

Don Juan ganó prosperidad con su negocio de virutas, esa que acompaña a modo de colchón los envases de cuánta cosa y producto podemos imaginar. Autos y propiedades a su haber fueron transformándose en prueba tangible de su prosperidad.

Pero la vida tiene esos giros que a veces te marean y otras te botan al punto de ser difícil ganar nuevamente la vertical. Llegaron los sintéticos, el proveedor de la lejana china, la goma eva, tanta cosa… La viruta se volvió menos rentable ante tanta competencia y todo fue decayendo.

Poca cosa fue perder autos y casas al lado de la desgarradora vivencia de enfrentar la muerte de su esposa. Todo mal, Juan. Pero Juan luchó. Se reinventó, se rehizo. Quizás no con los números o la holgura de antaño, de ese pequeño y feliz imperio de cosas que le reportó el auge de la viruta. La pena por la partida de su amada se hizo tolerable, aprendió a vivir con ese dolor. Un dolor que jamás pasa pero que el tiempo vuelve vulnerable a los anestésicos del existir. No queda otra.

Pero todavía quedaba algo que a Juan le dolía casi tanto como la partida de su esposa. Y eso era el dolor de su hijo, un hombre grande ya. Sabiendo que nada reemplazaría el espacio dejado por la muerte de esa mujer, Juan decidió reportar pequeñas alegrías a la vida de su hijo.

Pensó, miró entre sus gustos hasta que su recuerdo se posó por esos grandes 4×4 con olor a aventura y a leyenda. Un Wrangler, por qué no. No de esos nuevos que demandan un desembolso muy parecido a una pequeña fortuna, sino aquellos míticos pero conservados con el amor de un coleccionista genuino. Su hijo se pondría contento con un regalo así. Seguro. Y así fue como Juan conoció a un amigo que le vendió su joyita, con facilidades, con esperas. Mi amigo supo de la historia que había detrás de la compra y su sentido de negocio devino en un impulso más humano que comercial. Y el Wrangler se fue a ese dueño desconsolado y triste todavía. Quizás no saltó de alegría, pero sí valoró el gesto de su padre. Se abrazaron y comenzó pronto a disfrutar del 4×4 descapotable.

De mis 22 años como periodista, una década de ellos los he dedicado al sector del motor, de los autos, donde suelo escuchar que es un trabajo frío, técnico, de caballos de fuerza, de tecnologías, de cifras, de volúmenes… Pero historias como la de Juan, sus virutas y el Wrangler de regalo para su hijo, me reencantan con la parte viva que late junto al motor de un auto.

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