Una Grinch suelta en San Valentín

GrinchNo puedo evitarlo. Soy de esas que si veo a una pareja besándose en el auto de adelante, les toco la bocina hasta que se muevan, o  si van tomados de la mano por la escalera eléctrica, paso por en medio de ellos, rompiendo el lazo. ¡Diosito por qué me hiciste tan amargada! El tema aquí no es que esté sola y por eso me da una rabia parida las manifestaciones melosas, de hecho, ustedes ya saben que tengo un “peor es ná”. Me he dado cuenta “con el paso de los años me estoy haciendo más cruel”, como dice la canción “Aprendiz” de Malú.

Como que no me creo las expresiones de cariño. Y sé muy bien que es por dos cosas. La primera: ¡me han sido infiel! Por ende, me he tornado incrédula de tanto “añuñuco”. Siempre estoy pensando que algo ocultan, ¡qué paranoica! Y la segunda… porque también he engañado. Como diría cualquier sicólogo, este es un claro caso de proyección: alguien que teme que le suceda lo que él mismo sería capaz de hacer. Convengamos a mi favor que sólo he sido infiel, después que lo han sido conmigo. Como que me embarga una sensación de injusticia tan grande, que sólo pagando con la misma moneda siento que recupero en algo el equilibrio. ¿Tonto? ¡desde luego que sí! Pero más real que la cresta.

De todos los hombres que he conocido, sólo el pololo de mi mejor amiga califica para pensar que él nunca jamás sería capaz de estar con otra. Se debe dormir muy bien teniendo al lado un espécimen así. Para el resto de las mortales, sólo nos queda dormitar con un ojo abierto, por si acaso. Yo no sé si será cuestión de género o no, pero encuentro que las mujeres mentimos mejor que los hombres: creamos historias más verosímiles para encubrirnos y tenemos mejor cara de póker. Ellos por su parte, carecen de memoria para repetir un cuento textual las veces que sea necesario y mediando una considerable cuota de tiempo. Se enredan, se les dilatan las pupilas como conejos asustados, y de la negación absoluta, pasan a reconocer con culpa los hechos. Como dice una amiga que descubrió la infidelidad de su propio padre: “Me da lo mismo lo que hizo, ¡es hombre! ¡vienen con esa falla de fábrica, nada que hacer, si lo que me molesta es ¡cómo fue tan estúpido de haberse dejado descubrir!”, si hasta en esto nos extraña que no cumplan a la perfección su rol de machos.

Pero queridas amigas… no las quiero deprimir. Si “el que nada hace, nada teme”, y “ojos que no ven, corazón que no siente”, son los mejores consuelos para afrontar esta realidad. Más que nada, sugiero amar como venga: no esperar que nadie cambie, disfrutar el presente, y como dice Rafaela Carrá (una verdadera libre pensadora del tema) “y si te deja no lo pienses más, búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar”.

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