En estos días me he acordado mucho de un amigo que tuve, y al que echo mucho de menos. Podría decir que la amistad entre un hombre y una mujer es posible, aunque, claro, hay varios factores que hicieron que mi amistad con él fuera viable.
Él y yo fuimos pololos. Hace mucho. Fue uno de los primeros pololos que tuve en la universidad (no fue el primero… ni el último). Realmente sufrí mucho con él, puesto que tenía una forma terrible de decir las cosas y me hacía sentir la mujer más horrible de todas. Creo que en esa época yo tenía un buen aspecto físico, ahora lo veo, pero en ese entonces me sentía la peor basura.
Siempre se jactaba de que había pololeado con modelos o mujeres de apariencia extranjera. Y yo, que soy del tipo común y corriente, me sentía pésimo. Mientras estuve con él, lloraba todos los días, peleábamos por teléfono durante largas horas. Era emocionalmente insalubre y todos los días me dormía pensando en morir (meses después de terminar con él supe que tenía una depresión galopante).
Siempre llevaba en su billetera una foto de su ex que era modelo. Le pedí un día que la saque y la sacó, pero al tiempo descubrí que la tenía nuevamente y le pegué la única cachetada que he dado en mi vida, bien dada, me dolió la mano hasta horas después, ¡pero qué bien me sentí!
Chateaba con cuanta mujer pudiera, y yo sabía que coqueteaba con todas. Eso me dejaba mal. Nuestra relación era muy tóxica.
En fin, no todo era malo, puesto que teníamos una complicidad que no he logrado tener con nadie. Eran cosas tontas, como frases de películas que repetíamos en ciertas ocasiones, códigos que leíamos entre líneas y que nos hacían tener un “feeling” especial.
Pero un día me cansé, y después de pensarlo bien terminé con él, no sé cómo, pero lo hice. Lo dejé de ver mucho tiempo y, ya ni me acuerdo cómo, me volví a encontrar con él en un par de años más tarde, sin rencores y ya tampoco me gustaba (¡hasta lo encontraba feo! jaja).
De ahí nació una amistad espectacular, basada en lo único bueno que tuvo nuestra relación pasada, es decir, esa complicidad a toda prueba, bailar durante horas sin descanso, jugar a que éramos extranjeros y pedir que nos dejaran pasar gratis a la disco. Llegamos a dormir juntos sin que pasara nada, ni siquiera nos acurrucábamos o coqueteábamos: era una amistad real.
Yo le ayudaba a preparar sorpresas para sus pololas o le ayudaba a elegirles regalos, varias de ellas llegaron a ser grandes amigas mías. Aún así, tuve que callarme en ciertas ocasiones cuando él me contaba que las había engañado. En fin, yo lo retaba, pero nunca lo delataría.
A su vez, él supo varias historias mías que no me gustaría que fueran de dominio público. No había secretos entre nosotros, ninguno.
Pero su pecado fue ser copuchento, y contó una de mis historias privadas en una junta de amigos en la que yo no estaba. Después me enteré porque yo, como gran gracia, un día “le confesé” a una amiga que me había agarrado a un tipo de a universidad que era mucho menor… y ella me dijo “ah, pero ¿sabes? Yo ya lo sabía porque tu amigo nos había contado”. Casi me morí de la furia, pero la discimulé.
Desde ese día no fue más mi amigo. Él me jura de guata que nunca le contó a nadie, y que si yo revelo el nombre de quien me contó, ahí me dirá si es verdad o no. Yo nunca le voy a decir, porque si no, mi amiga “sanguchito de palta” se cohibirá, y no es la idea ¿no? (es una buena informante, así es que no la voy a delatar jaja).
Pero confieso que lo echo mucho de menos, mucho. Cuando hago una broma “de las nuestras” nadie la entiende, me hace falta. Maldito copuchento, que me hizo perder la confianza en él, lo más preciado que teníamos.
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