Mi hermano pasó una breve temporada por el movimiento scout y no lo pasó bien. Yo era bastante pequeño, pero la sensación que me dejó su propio estado luego de regresar a casa de campamentos de fines de semana largos era (es) poco placentera.
Enterarme, al igual que los lectores, de la existencia de rituales ocultos en los que a veces alguno de ellos sale herido (es el caso del joven de 18 años Juan Andrés Bagnara, quien sufrió politraumatismo tras ser brutalmente golpeado), no me genera nada simpático.
Acabamos de conocer la historia del cabo segundo de Carabineros Blas Herrera, quien sufrió quemaduras múltiples tras participar de una especie de ceremonia de iniciación en las Fuerzas Especiales. Eso también me recuerda otro rito muy institucionalizado entre los jóvenes.
Porque el “mechoneo”, fui testigo, puede llevar a situaciones no sólo poco gratas, sino que altamente dañinas en lo físico y sicológico para quienes lo sufren. Allí también se mezclan sustancias con el fin de ensuciar al mechoneado, sin saber a veces los efectos que ellas, sumadas al efecto del sol, pueden tener sobre una persona que no necesariamente tiene una epidermis delicada.
Los ritos son como el carrete. Uno sabe que está tomando riesgos, sabe que tal vez se le está pasando la mano y sigue, sin escatimar en consecuencias que como uno no alcanza a visualizar, hace como que no existen.
Jugar con fuego quema.

