Vive en Talcahuano. En lo que queda del puerto del Biobío. No come. Hace días. Y no es por la falta casi total de abastecimiento de agua y comida que aún subsiste en esta hoy baldía tierra. No quiere. No puede. Se trata de la amiga de una amiga, que tuvo que ver cómo el mar devastó el primer piso de su casa. Tuvo “suerte”. Otros no pueden ver sus hogares en el horizonte porque ya no existen . Otros no pueden verlo porque ya no están con nosotros.
De lo que he conversado con mis amigos penquistas, lo que más les duele -por lejos- no es esta devastación de lo material por encargo de la naturaleza, sino cómo las fisuras del terremoto dejaron salir la miseria (miserable, a estas alturas) humana a borbotones, de entre el fango y los escombros.
Apenas nos hemos enterado de una porción de lo que ha significado este terremoto para los habitantes del Biobío y el Maule. Muchos quedaron con cicatrices tan severas en sus almas que serán muy difíciles de borrar. Perder la fe en la raza humana es una de las peores tragedias que le puede pasar a un pueblo.

